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 Haití: Las lecciones de un terremoto
 
 31/03/2010 13:18:19
sergiosarmiento
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1º


Haití: Las lecciones de un terremoto

Por Sergio Sarmiento

Contenido

Marzo 2010

 

            Era la tarde del 12 de enero, a las 4:53 de la tarde, hora local en Puerto Príncipe, Haití. La tierra empezó súbitamente a moverse. El sismo sorprendió a los habitantes del lugar. La mayoría nunca había sentido un terremoto. La isla antillana de La Española, de la cual Haití ocupa la parte occidental, se encuentra en un punto de confluencia de dos placas tecnónicas, la del Caribe y la de Norteamérica, y de una fall, la Enriquillo-Plantain Garden. Hacía mucho tiempo, sin embargo, que no se registraba ahí un movimiento telúrico que la gente pudiera sentir.

Haití tenía en realidad una historia de sismos importantes, pero ninguno reciente. Hay registros de un fuerte terremoto en 1751 que destruyó virtualmente toda la ciudad de Puerto Príncipe. Apenas en 1770 se derrumbó nuevamente la reconstruida ciudad, ahora por un nuevo y poderoso sismo. Se calcula que este último terremoto midió 7.5 grados en la escala de Richter y no dejó un solo edificio en pie. En 1842 hubo otro terremoto, el cual destruyó Cabo Haitiano, la segunda ciudad del país. En 1946 un poderoso movimiento de 8 grados en la escala de Richter tuvo su epicentro en la República Dominicana y afectó también a Haití.

Desde entonces, sin embargo, los terremotos fueron pocos y demasiado débiles para percibirse sin instrumentos. La población haitiana perdió de manera gradual su memoria sísmica. Jean-Pierre Moice Dorce, ministro consejero de la embajada de Haití en México, me decía: “Teníamos una cultura de huracanes, pero no de terremotos.”

Los geólogos siempre han señalado que La Española se encuentra en una zona de gran sismicidad potencial. Una gran tensión se había estado acumulando durante años en la zona. Si bien nunca nadie ha sido capaz de predecir un terremoto con certeza y precisión, especialistas como Paul Mann y Patrick Charles advirtieron en los últimos años acerca de la posibilidad de un fuerte sismo en la zona.

Cuando el terremoto llegó, en la tarde del 12 de enero, nadie estaba preparado. Los edificios de Puerto Príncipe no habían sido construidos con especificaciones que les permitieran sostenerse en pie ante un movimiento telúrico de consideración. No había rutas de escape trazadas ni se habían realizado simulacros. El país más pobre del continente americano, un país cuyos habitantes son 13 veces más pobres que el mexicano promedio, no tenía ninguna idea de que el suelo debajo de su isla pudiera moverse con la violencia con que lo hizo esa aciaga tarde.

Un sismo de 7 grados es relativamente suave. El terremoto del 19 de septiembre, que dejó un saldo de unas 10 mil muertes en la ciudad de México alcanzó una magnitud de 8.1. La escala de Richter, sin embargo, es engañosa. Su índice no asciende manera lineal sino exponencial. Un aumento de una décima de punto equivale a una duplicación de la intensidad del sismo. Los 8.1 grados del sismo de México de 1985 representan así un movimiento 40 veces más intenso que el de 7 grados de de Haití. Sin embargo, el daño generado por el sismo caribeño del 12 de enero fue muchas veces superior al mexicano.

Varias fueron las razones. Una de ellas fue que el sismo de Haití fue eminentemente trepidatorio, mientras que el mexicano, como la enorme mayoría de los terremotos, combinó ondas oscilatorias y trepidatorias. Otra fue la ubicación del epicentro. El de Haití se ubicó apenas a 25 kilómetros del centro de Puerto Príncipe. El de México, en Lázaro Cárdenas, distaba 400 kilómetros de la ciudad de México, donde causó la mayor parte de su daño. Como el terremoto de Haití, sin embargo, el de México se suscitó en una zona, la brecha de Michoacán, que llevaba muchos años sin generar movimientos sísmicos, a pesar de encontrarse también en un lugar de encuentro de dos placas, la de Cocos y la de Norteamérica.

El tiempos nos enseña cada vez más la necesidad de aprender de cada tragedia y de tomar medidas para matizar sus consecuencias. Los mexicanos aprendimos muchos del sismo de 1985. Los códigos de construcción en la ciudad de México se modificaron de manera muy importante. Los edificios que se han construido en la capital de la república desde ese entonces resistirían, nos dicen, un sismo varias veces superior al de 1985.

La historia nos señala también, sin embargo, que la naturaleza tiene formas de sorprendernos con tragedias inesperadas. En el Caribe y la Península de Yucatán contamos hoy con una sólida cultura de huracanes, como consecuencia de las experiencias del Gilberto en 1988 y del Wilma de 2005, entre otros. En la ciudad de México los sismos de 1985 generaron una cultura de prevención para los terremotos. Pero las tragedias se multiplican y llegan siempre con ropajes nuevos.

En 2009 nuestro país sufrió una epidemia de influenza de un nuevo tipo, la AH1N1, que buena parte del mundo designó como la “gripe mexicana”. Tan solo en 2009 se registraron 69 mil casos confirmados y 896 defunciones confirmadas también por esta enfermedad. Otros cientos de muertes por neumonía podrían haber sido también causadas por esta epidemia. En esta ocasión México reaccionó de manera eficaz y oportuna. Pero aun así, si el virus hubiera sido más letal, cercano por ejemplo a la gripe aviar que ha registrado una mortalidad de 50 por ciento de los casos de infección, estaríamos hablando de deenas de miles de muertos.

La naturaleza nos obliga a volvernos cada vez más precavidos. No tenemos forma de saber qué forma tomará el próximo golpe. Pero no podemos darnos el lujo de cerrar los ojos a los riesgos que la sociedad corre. Quizá el gran pecado del gobierno haitiano fue pensar que, porque no se había registrado un gran terremoto en Haití desde cuando menos 1842, no había en el país un riesgo telúrico. Hoy sabemos que las zonas sísmicas, de fallas o de confluencia de placas tectónicas, que no tienen movimiento durante mucho tiempo, como la brecha de Michoacán en México, son las más peligrosas. Y esto es una advertencia para millones de estadounidenses y mexicanos que viven encima de la falla de San Andrés en California.

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