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 Mitos de la Revolución
 
 10/12/2010 10:07:26
sergiosarmiento
1316 mensajes
1º


Mitos de la Revolución

Sergio Sarmiento

Jaque Mate

 

Diciembre, 2010

 

            De todos los mitos de nuestra historia oficial, quizá los peores son los que tienen que ver con la Revolución Mexicana. Se nos ha enseñado una historia engañosa, de héroes de bronce y villanos con maldad de caricatura, que no nos ha permitido comprender un proceso complejo y en buena medida dañino para el país.

            No hay duda de que en 1910 México necesitaba un cambio político. En eso tiene razón la historia oficial. Porfirio Díaz había permanecido demasiado tiempo en el poder. Lo tomó en una rebelión antirreeleccionista en 1876 y asumió formalmente la presidencia en 1877. Se tomó un breve respiro, de 1880 a 1884, cuando su compadre Manuel González estuvo en la Presidencia, pero desde entonces el viejo héroe liberal se conservó en el gobierno. Su gabinete y sus gobernadores se hicieron viejos con él.

            Es una mentira pensar, sin embargo, que Díaz carecía de respaldo popular. El oaxaqueño, que obtuvo el grado de general de división a los 31 años de edad con las tropas liberales que pelearon contra los conservadores y la intervención francesa, era realmente adorado por el pueblo mexicano y no sólo por sus triunfos militares sino por su trabajo como gobernante.

Entre 1821, el momento de consumación de la independencia, y 1877, cuando Díaz asume la Presidencia poder, México sufrió una larga y dolorosa declinación económica. Las guerras y la inseguridad afectaron al país que para 1877 era mucho más pobre que en la Colonia. El crecimiento económico solamente empezó con el régimen de Díaz. Para 1910, al contrario de lo que narra la historia oficial, México vivía su momento de mayor prosperidad.

El gran problema de Díaz fue no retirarse a tiempo. “Si las conmemoraciones hubieran sido su despedida, posiblemente todo habría sido distinto” escribe Rafael Tovar y de Teresa en su libro El último brindis de don Porfirio. Seguramente hoy don Porfirio sería uno de los grandes héroes de la historia oficial. Al cumplir 80 años de edad, el 15 de septiembre de 1910, Díaz no comprendió que permanecer en el poder sería el mayor error de su vida.

En ese 15 de septiembre Francisco (Ygnacio) Madero se encontraba en la cárcel de San Luis Potosí acusado de sedición. Su pecado real había sido postularse como candidato a la Presidencia en oposición a Díaz. Madero era un rico e idealista hacendado de 37 años de edad que llevaba la excentricidad a un extremo. Era espiritista y estaba convencido de que los espíritus le habían pedido encabezar el movimiento antirreeleccionista contra Díaz.

Era tan poco seria la amenaza que representaba, sin embargo, que a Madero se le permitió escapar de la cárcel sin grandes problemas. Desde Estados Unidos proclamó el Plan de San Luis en el que llamaba a una rebelión contra Díaz para el 20 de noviembre de 1910. Pero cuando llegó el día fijado, nadie se levantó en armas. La Revolución Mexicana empezó, como tantas otras cosas en nuestro país, tarde y con pésima organización.

Algunos levantamientos pequeños en distintos lugares comenzaron a registrarse a fines de 1910 e inicios de 1911. Madero logró el apoyo de algunos rancheros e incluso bandidos del norte del país, como Pascual Orozco y Francisco Villa, y de líderes sociales del sur, como Emiliano Zapata. Pero el movimiento carecía de organización.

En mayo de 1911 Orozco y Villa decidieron atacar Ciudad Juárez pese a que Madero se oponía. El irregular contingente sorprendió no sólo a los generales del presidente Díaz sino al propio Madero al derrotar a la pequeña guarnición entre el 8 y el 10 de mayo de 1911. De inmediato Madero buscó asumir el crédito político de la acción y se trasladó a esa ciudad donde estableció su cuartel general.

Uno de los grandes mitos de la Revolución es que Madero derrotó a Díaz por la fuerza de las armas. La verdad es que si el gobierno hubiera querido derrotar la rebelión, lo había hecho sin dificultades. Los ejércitos federales apenas empezaban a organizarse para enfrentar a los pequeños contingentes de Madero.

Pero Díaz, quien se sentía viejo y sufría de un intenso dolor de muelas para el que la medicina de la época no ofrecía alivio, prefirió negociar un acuerdo con Madero, el cual fue firmado el 21 de mayo. Díaz argumentó que no quería ver al país ensangrentado. Así, dejó el país y marchó al exilio en Francia. Después de unos meses de un gobierno provisional encabezado por León de la Barra, Madero asumió la Presidencia tras unas elecciones que se llevaron a cabo en noviembre de 1911.

A Madero le tocó gobernar un país aquejado por un vacío de poder. Semanas después de asumir la presidencia enfrentó rebeliones de Emiliano Zapata y Pascual Orozco. Su gobierno, de hecho, no tuvo un momento de tranquilidad. Si Madero no hubiera sido derrocado y asesinado por Victoriano Huerta en febrero de 1913, seguramente sería recordado como un presidente débil al que el país se le fue de las manos. Su muerte, sin embargo, lo hizo mártir y causa para una nueva guerra.

Si la revolución maderista fue casi incruenta, la que vino después se convirtió en una brutal lucha por el poder de caciques de todo tipo. En un principio los grupos revolucionarios se opusieron al usurpador Victoriano Huerta; pero cuando lo derrotaron en julio de 1914, empezaron a combatirse unos a otros en una búsqueda descarnada del poder. A fines de 1916 Venustiano Carranza surgió como triunfador y logró convocar a las distintas y muchas veces discrepantes facciones revolucionarios a una convención que redactó la Constitución de 1917. El que las turbulentas aguas de la Revolución no se habían tranquilizado queda demostrado por los asesinatos de Emiliano Zapata el 10 de abril de 1919 en Chinameca, Morelos, de Venustiano Carranza el 21 de mayo de 1920 en Tlaxcalantongo, Puebla, de Pancho Villa el 20 de julio de 1923 en Hidalgo del Parral, Chihuahua, y de Álvaro Obregón el 17 de julio de 1928 en la ciudad de México.

Mucho se ha dicho que un millón de mexicanos murieron en la Revolución. Esta cifra es también un mito. Es verdad que la población mexicana pasó de 15.1 millones en 1910 y a 14.2 millones en 1920 a pesar de los nacimientos, pero muy poca de esa mortalidad fue producto de batallas, que eran relativamente pequeñas y dejaban si acaso unos cuantos cientos de bajas cada una. La mayor parte de los muertos fueron producto de una epidemia de influenza, la llamada gripe española, que afectó no sólo a México sino a buena parte del mundo.

De lo que no hay duda es que la Revolución detuvo de manera dramática el crecimiento de la economía generado en los tiempos del porfiriato. A pesar del mito que la Revolución puso fin a un tiempo de estancamiento y desigualdad, la verdad es que la violencia y la inseguridad de la Revolución provocaron un desplome económico y un aumento importante de la pobreza. Fue necesario, paradójicamente, que llegara un régimen de partido único, el cual encontraba su justificación en la Revolución pero que en la práctica adoptaba las políticas del porfiriato, para que la economía de México pudiera crecer nuevamente y se lograran avances en la situación social. Pero éste es otro hecho histórico que los mitos de la Revolución no nos permiten ver.

 

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