BuscarInicio Foro
  Artículos y transcripciones  Transcripciones de programas de TV  Jorge Edwards...
 Jorge Edwards
 
 02/10/2008 16:15:23
yaguilar
521 mensajes
1º


Jorge Edwards

México, D. F., 4 de julio de 2008.

 

 

VERSIÓN ESTENOGRÁFICA DE LA ENTREVISTA CONCEDIDA POR JORGE EDWARDS, ESCRITOR, AL PERIODISTA SERGIO SARMIENTO, CONDUCTOR DEL PROGRAMA “LA ENTREVISTA CON SARMIENTO”, DE TV AZTECA.

 

 

 

SERGIO SARMIENTO: Hola amigos, qué tal, sean ustedes bienvenidos a La Entrevista. Hoy está con nosotros el escritor chileno Jorge Edwards, él acaba de ganar el Premio Planeta 2008 por el libro “La casa de Dostoievsky”. Jorge Edwards es uno de los escritores más conocidos de América Latina, él es chileno, ha sido diplomático y por supuesto toda la vida escritor. Ha escrito obras como “Persona non grata”, “La mujer ingrata”, “El inútil de la familia”. Ha ganado premios como el Cervantes, que es el premio que otorga un mayor reconocimiento a los escritores de habla española. En la actualidad está presentando “La casa de Dostoievsky”, la novela ganadora del Premio Planeta 2008, y es un placer poder conversar nuevamente con don Jorge. Jorge Edwards, gracias por estar con nosotros en La Entrevista.

 

JORGE EDWARDS: Muchas gracias a usted.

 

SERGIO SARMIENTO: La primera pregunta, uno pensaría que un escrito que tiene su trayectoria, su fama, su reconocimiento, no enviaría una novela a un concurso, sin embargo, usted lo hizo, ¿qué lo motivó a hacer eso?

 

JORGE EDWARDS: Mire, no escribí la novela para un premio y no sabía que existía este premio cuando la escribí, pero una vez que la terminé y se la mandé a mi agente literario, que es Carmen Balcells, en Barcelona, bueno, ella manda, y ella decidió que a esta novela le convenía este premio y la presentó, y la novela, bueno, lo ganó.

 

SERGIO SARMIENTO: ¿Qué tanto ayuda un premio a que se difunda más una novela?

 

JORGE EDWARDS: Yo creo que hoy día, en que es muy difícil, en que se publica tanto y es muy difícil que se sepa bien que ha salido una novela, un premio ayuda, un premio ayuda a promoverla y a que se sepa que existe la novela, porque hay que partir por ahí.

 

SERGIO SARMIENTO: Que exista. Bueno, aunque una novela de Jorge Edwards siempre se va a notar, siempre se va a saber que existe, ¿no es así?

 

JORGE EDWARDS: Sí, pero a veces se sabe mejor que otras.

 

SERGIO SARMIENTO: Yo recuerdo que cuando usted se refería al poeta se refería a Pablo Neruda. Ahora es otro poeta, es otro personaje.

 

JORGE EDWARDS: Sí, lo que pasa es que yo en mi vida no sólo conocí a Pablo Neruda, he conocido a muchos poetas y tengo que confesar…

 

SERGIO SARMIENTO: ¿Es una mala costumbre conocer poetas?

 

JORGE EDWARDS: Es una costumbre que puede tener sus lados peligrosos, pero tiene sus lados amables, también tiene sus lados gratos. Pero la verdad es que yo comencé escribiendo poesía, de chico y de adolescente, y razonablemente me pasé a la prosa narrativa, yo creo que no era poeta y que era más bien prosista. Pero siempre quise dos cosas, quise que el aire de la poesía se pasara a mi prosa de alguna manera, y siempre quise observar a los poetas y entender qué pasa en la mente de los poetas. Es una mente un poco misteriosa y un poco extravagante a veces, y medio marginal. Pero resulta que los poetas ven cosas en el mundo y en la sociedad que a veces los simples mortales no vemos.

 

SERGIO SARMIENTO: ¿Ni siquiera los prosistas?

 

JORGE EDWARDS: Bueno, los prosistas tratan de verlo pero con ayuda de los poetas. Y en seguida, después de haber conocido a tanto poeta, me pareció que hacer una novela de un poeta era una posibilidad literaria interesante. Porque alguien me pregunta, ¿por qué un poeta?, y yo digo, ¿por qué no un poeta, por qué tengo yo que escribir sobre un ingeniero comercial, por ejemplo? Un poeta siempre tiene un elemento dramático en la vida, es una persona que vive en un riesgo mayor que las personas normales, y todo eso da unas posibilidades literarias de conflicto, de drama, de sorpresa, y humor también, que es algo que me interesa mucho en todas las novelas, y que me interesó al hacer ésta. Así que ahí me lancé a esto.

 

SERGIO SARMIENTO: ¿Se le olvidó a usted el nombre del poeta, Eduardo, Eulalio…?, a ver, cuéntenos por qué.

 

JORGE EDWARDS: Yo lo escribo desde una memoria lejana, después de 50 años o más, digamos. Y a mí me gustó ese juego para crear una cierta ambigüedad sobre el personaje y en seguida para hacer que este personaje, más que una persona de carne y hueso, fuera una especie de leyenda. Y hay algunos poetas legendarios, digamos. En la memoria chilena, por ejemplo, hay un poeta que se convirtió en estatua, que es Pablo Neruda, y que tiene nombre de calle y de aeropuerto, y de vino y de hoteles.

 

SERGIO SARMIENTO: ¿Le hace daño eso a un poeta?

 

JORGE EDWARDS: Yo creo que sí, yo creo en el fondo que sí. Y otros poetas que son leyenda, Vicente Huidobro, Enrique Lihn, que es de mi generación, que es muy parecido al poeta de mi novela pero que no es idéntico al poeta de mi novela. Así que de ahí esa memoria un poco juguetona y un poco incierta del narrador de esta historia.

 

SERGIO SARMIENTO:La casa de Dostoievsky” es un refugio de bohemios, de escritores, de pensadores…

 

JORGE EDWARDS: Sí, es una casa destartalada. Existían dos o tres casas así en Santiago, y a una de esas casas le decíamos “la casa de Dostoievsky”, esa es la verdad, y era un lugar donde se alquilaban cuartos, y donde vivía gente muy heterogénea y bastante alocada, y divertida, y bohemia, etcétera. Había pintores, había un pintor que, en vez de falsificar pinturas de otros pintores, ya había inventado a un pintor. Y, claro, inventaba cuadros de este pintor francés, porque él decía “si yo pinto cuadros míos no los vendo, pero como este francés llegó en el siglo XIX, era un preimpresionista que hacía unas manchas muy extrañas, sus obras se vendían muy bien”. Había un ruso en esa casa y lo llamábamos “el sobrino de Dostoievsky”. Lo que pasa es que Dostoievsky era una lectura muy apasionada en ese tiempo. Digamos, todo ese lado oscuro, loco, de una espiritualidad un poco enfermiza, de Dostoievsky nos gustaba, nos atraía mucho.

 

SERGIO SARMIENTO: Suicida incluso.

 

JORGE EDWARDS: Suicida incluso, y hasta criminal en algunos casos. Pero eso nos interesaba, nos atraía, nos parecía misterioso, éramos una generación del “no”, del “anti”, muy iconoclasta, muy crítica de lo que existía en el Chile de entonces. Estos escritores rebeldes o inconformistas, o extraños, producían una atracción magnética en mi generación. Y esta es una novela muy generacional, es una novela de ese tiempo y que toma un personaje de ese tiempo y lo trae hasta muy cerca de hoy, digamos, y lo hace pasar por la política, por la poesía, por diferentes lugares del mundo, por el amor.

 

SERGIO SARMIENTO: El amor, que es importante, y hay una mujer que obsesiona al poeta, que se llama Teresa. Cuéntenos de Teresa.

 

JORGE EDWARDS: Ese es un hilo conductor de esta novela, esa Teresa, porque es una Teresa que aparece en forma casi mágica durante una fiesta en una escuela de danza en Santiago, que es una fiesta que existió y a la que yo asistí, y en donde había una Teresa, desaparece, y después de mucho tiempo, en la vida de este poeta, en la vida ficticia, porque en la realidad no fue así, reaparece. Y entonces es una Teresa…

 

SERGIO SARMIENTO: ¿Nunca encontró usted a Teresa?

 

JORGE EDWARDS: A esa Teresa no la volví a encontrar.

 

SERGIO SARMIENTO: Alguna otra quizás, pero no ésa.

 

JORGE EDWARDS: Alguna otra Teresa sí, eso sí, pero esa Teresa, digo yo, en el comienzo de la novela es musa, es espíritu, llega en ese piso número doce o número quince, de una escuela de danza donde todos bailan y flotan en el aire, porque son verdaderos bailarines profesionales, era la escuela del Ballet de Santiago, que celebraba un aniversario. Así que llega como musa, llega del Olimpo, sigue después de desaparecer un tiempo y reaparecer como amante del poeta, pasa del Olimpo a la cama el poeta, y al final…

 

SERGIO SARMIENTO: Es un buen trayecto.

 

JORGE EDWARDS: Es un trayecto importante. Y termina, como los poetas son medio desvalidos, y el poeta de mi novela es un poeta medio desvalido, termina de mamá, desarrolla su sentido de protección femenina, etcétera. Así que es toda una historia, y yo pienso que un personaje de novela debe cambiar a lo largo de la novela, los buenos personajes cambian, los personajes malos, los personajes estáticos son iguales al comienzo y al final. Pero esta Teresita cambia, se transforma en una madre protectora y encantadora. El poeta cambia y se transforma en una persona un poco más sabia, un poco más madura, más consciente, muy lúcido al final, pero desengañado. O sea, los golpes de la vida lo convierten en un personaje más escéptico, menos iluso y menos ingenuo. En fin, el mundo cambia y el Santiago del comienzo de la novela tampoco es el mismo del final.

 

SERGIO SARMIENTO: Y de hecho el poeta va viajando, y la escenografía, el escenario se va transformando, se deja Santiago, se va a Europa, ¿qué tanto hay de vivencias personales?, después va a Cuba.

 

JORGE EDWARDS: Bueno, lo que pasa es que yo hice que mi poeta viajara por lugares que yo conozco, para poder describir…

 

SERGIO SARMIENTO: Es una ventaja para el escritor.

 

JORGE EDWARDS: Claro, para describirlo en su ambiente, es decir, en un ambiente real. Por eso pasa por Roma fugazmente, que es una ciudad que no conozco demasiado, vive en París, que es una ciudad que conozco, vive en un hotel que conocí, un hotel muy modesto, donde había una habitación en que en la parte del muro de atrás se podía estar de pie pero, como el muro bajaba, para asomarse a la ventana había que ir a gatas. Vive en esa habitación que le conocí a un escritor chileno, que no es éste pero que era un viejo escritor chileno. Va a Cuba y en Cuba vive en un departamento por el Vedado, lugares que yo recorrí, que conocí y que puedo describir literariamente. Ahora, hay una diferencia importante entre esta pasada por Cuba que hace este poeta y la que hice yo en mi tiempo, y que describí en “Persona non grata”, en ese libro que es una memoria, porque en esta pasada la mirada es la de un poeta inventado por ese novelista, no es la mirada de un diplomático o de un político. Entonces yo siento que en el libro anterior hay mucha confrontación, hay una crítica más dura, hay una memoria más precisa también de las cosas.

 

SERGIO SARMIENTO: Por eso precisamente lo declararon persona non grata en Cuba.

 

JORGE EDWARDS: Por eso mismo, en cambio, creo que aquí está todo eso, está el trasfondo político, pero está la gracia habanera, que yo no la describí en “Persona non grata”, porque no era tema.

 

SERGIO SARMIENTO: Pero aquí sí está.

 

JORGE EDWARDS: Pero aquí está el ron, están las mulatas, está la noche, está la música, etcétera.

 

SERGIO SARMIENTO: ¿Fue un reencuentro con Cuba esta parte de la narración, esta parte que tiene lugar en Cuba?

 

JORGE EDWARDS: Y un recuerdo puramente imaginario y de la memoria, porque yo no he vuelto a Cuba después de mi pasada en la época de “Persona non grata”. Nunca he ido de nuevo, pero había conocido también esa otra Cuba, esa Cuba de la noche, etcétera, del ron, del mar Caribe. Así que eso...

 

SERGIO SARMIENTO: Aunque la Cuba que puede ver un diplomático es muy distinta de la Cuba que ve este poeta.

 

JORGE EDWARDS: Es muy distinta, pero yo había estado antes como escritor, invitado a ser miembro de un jurado en La Habana. Entonces en esa pasada había un escritor chileno que vivía ahí, que me mostró lugares, muy parecido a este escritor.

 

SERGIO SARMIENTO: Cuéntenos un poco dónde escribe usted, don Jorge, ¿tiene, no sé, algún especial en su casa, o se va a alguna oficina para escribir?

 

JORGE EDWARDS: Yo escribo en dos lugares. Vivo en un quinto piso, en el centro de Santiago, frente al Cerro Santa Lucía, que es el lugar donde se fundó la ciudad de Santiago, que es una especie de jardín que está a mi disposición ahora pero que lo tengo encima de la ventana, delante de la ventana. Pero tengo un séptimo piso de ese mismo lugar, con un cuartito muy pequeño, que es mi estudio. Ahí yo trabajo todas las mañanas, trato de no fallar, porque cuando dejo de trabajar una mañana, a la mañana siguiente tengo que releer, tengo que ir atrás. Entonces para mantener el ritmo de la escritura trato de escribir todas las mañanas en ese lugar, hasta tarde, mañanas largas, digamos, que terminan a las dos y media o a las tres de la tarde. Pero tengo una casita de playa en un lugar, en una bahía muy bonita, que se llama Zapallar, que es de mala fama en cierto modo, porque es como muy exclusiva, pero, en fin, admite cierto grado de excentricidad también, y tiene sus poetas y...

 

SERGIO SARMIENTO: Admiten a escritores entonces.

 

JORGE EDWARDS: Sí, admiten a escritores, admiten a un músico por ahí, a unos cuantos más. Ahí en Zapallar también tengo, a pesar de que es una casa bien pequeña, tengo un segundo piso donde miro el mar, escucho el canto de los pájaros, y ahí también escribo, pero escribo en la misma máquina...

 

SERGIO SARMIENTO: ¿Una máquina de escribir, sigue usted escribiendo en una máquina de escribir, o en una computadora, en un ordenador?

 

JORGE EDWARDS: No, en una computadora, pero ya ahora me preocupa comprarme otra computadora igual, y tenerla ahí, y tener papel para imprimir y tenerlo todo en doble, para poder trasladarme de un lugar a otro.

 

SERGIO SARMIENTO: Sin andar cargando.

 

JORGE EDWARDS: Claro, y seguir escribiendo. El problema es que lo único que se roba en Chile ahora, o lo que más se roba en Chile ahora son teléfonos móviles y computadoras. Parece que es más dinero en un espacio más pequeño, en un objeto más pequeño. Así que no sé, me robaron una computadora hace poco y me crearon una complicación terrible, y salvé esta novela porque la tenía en esa cosa que se llama PenDrive, la tenía en el bolsillo, si no, la habría perdido.

 

SERGIO SARMIENTO: Hubiera sido un problema realmente perder una novela después de trabajar en ella tanto tiempo. ¿Entonces para usted escribir es una cuestión de disciplina, si es todas las mañanas, todos los días?

 

JORGE EDWARDS: Sí. Yo creo que la diferencia entre un novelista y un poeta va por ahí, porque yo digo, el poeta no tiene disciplina, pero, a diferencia del novelista, trabaja todo el tiempo. Yo tengo amigos poetas, muchos, y uno dice algo que a ellos les parece chistoso, y sacan un papelito y lo apuntan, y después aparece en un verso, aparece por ahí en algún lado. Así que trabajan todo el día.

 

SERGIO SARMIENTO: O en sus libretitas.

 

JORGE EDWARDS: Claro, todo el día. En seguida hay un poeta, surrealista francés, que ponía un cartel cuando él dormía que decía: “silencio, el poeta trabaja”, o sea, el sueño también es parte del trabajo de un poeta. En cambio, un novelista tiene que tener disciplina, es lo que tiene de más gris el trabajo del novelista. Tiene que trabajar de nueve a dos de la tarde, porque si no, no funciona el sistema. Después puede hacer otras cosas.

 

SERGIO SARMIENTO: ¿De dónde vino la decisión de empezar a escribir, qué edad tenía usted y cuándo se dio cuenta de que podría ganarse la vida en ese trabajo?

 

JORGE EDWARDS: Mire, era muy chico y por casualidad, porque en mi familia se pensaba que yo tenía que ser un buen abogado, algo así...

 

SERGIO SARMIENTO: La familia Edwards es una familia de bastante renombre y reputación.

 

JORGE EDWARDS: Hay una rama de mi familia, que es no es la mía, desgraciadamente, hay una rama que fue muy rica, y que todavía es rica, y que son los dueños del diario El Mercurio de Santiago, pero la mía es otra rama. Pero yo tenía que haber sido abogado, médico, ingeniero, esas cosas, el mundo burgués chileno, y yo creo que de todas partes. Y de repente empecé a leer poesía, como digo, me fascinó a mí la poesía, de chico, de niño de diez, once, doce años.

 

SERGIO SARMIENTO: ¿A quién leía usted, a Huidobro, a todos?

 

JORGE EDWARDS: Yo ni sabía de Huidobro en esos tiempos, yo leía unos libros escolares y salían, por ejemplo, versos de Francisco de Quevedo, San Juan de la Cruz, lo más avanzado que aparecía ahí era Rubén Darío. Esto ocurría en un colegio de curas jesuitas en que, por ejemplo, Neruda no existía.

 

SERGIO SARMIENTO: Claro, estaría vetado, me imagino.

 

JORGE EDWARDS: Estaba vetado absolutamente, pero nosotros no sabíamos que existía. Pero un día llegó un chico que era muy curioso, que siempre andaba intruseando y descubriendo cosas, y nos dijo, “¿ustedes han oído hablar de un poeta que se llama Pablo Neruda?”. “No”, dijimos nosotros los del curso. Nos hizo sentarnos y nos leyó el primero de los “Veinte poemas de amor”: “Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos...”. Bueno, esto para unos chicos de catorce o trece años en un colegio de jesuitas...

 

SERGIO SARMIENTO: Muy erótico debe haber sido.

 

JORGE EDWARDS: Era el descubrimiento del eros, era absolutamente deslumbrante y enloquecedor. Así que busqué después a Neruda, descubrí que Huidobro, Vicente, había sido amigo de mi padre, pero mi padre hablaba de él como si fuera un loco, le decía “el loco de Vicente”. Así que me encontré escribiendo poesía. No es que yo hiciera una elección muy deliberada, me encontré siguiendo a estos poetas, escribiendo en cuadernos, qué sé yo. Y más tarde ya pasé a la prosa narrativa, ya pensé en publicar libros y todo eso. No se crea usted que pensé en vender los libros en ese tiempo, porque en Chile si uno vendía 200 ejemplares se podría considerar muy afortunado, en el año 52, digamos. Yo hice mi propia edición, con un impresor amigo, de mi primer libro, y vendí la edición de 500 ejemplares en seis meses, lo cual fue considerado un notable éxito en esos tiempos. Así que así eran las cosas. Por eso yo hice otras cosas, pero siempre intentando escribir en las madrugadas, en las noches, en los fines de semana y todo eso.

 

SERGIO SARMIENTO: Esta obra nos lleva a muchos lugares, pero empieza y termina en Santiago de Chile, y efectivamente este Santiago se va transformando, es una transformación que sin duda usted ha experimentado también. No es lo mismo el Santiago de los años 40, principios de los 50, el Santiago de Chile de los años de Salvador Allende, al Santiago de Chile de los años de Pinochet, y el Santiago de Chile ahora. Cuéntenos un poco de esta ciudad, porque a veces las ciudades se vuelven una especie de casa para los escritores.

 

JORGE EDWARDS: Mire, ese primer Santiago de que se habla en la primera parte de esta novela yo creo que desapareció casi totalmente. Tiene algunas huellas, pero hay que ser muy experto para recordar eso, descubrir esas huellas.

 

SERGIO SARMIENTO: ¿Hay que ser un poco arqueólogo urbano?

 

JORGE EDWARDS: Hay que ser arqueólogo urbano. Por ejemplo, había un lugar bastante sombrío, pero divertido, nocturno, que se llamaba “La piojera”, el nombre ya indica lo que era ese lugar. Bueno, ese lugar todavía, curiosamente, existe. Y había un lugar que se llama “El hoyo”...

 

SERGIO SARMIENTO: Pero explíquenos qué era “La piojera” exactamente.

 

JORGE EDWARDS: Bueno, era un bar de noctámbulos, muy popular, pero también de poetas que llegaban más o menos en mal estado a veces a ese bar, qué sé yo. Era un bar donde daban unas combinaciones absolutamente atómicas, peligrosísimas, vinos con otros productos, “La piojera”. Y eso existe. Pero, en cambio, había un lugar que se llamaba “El bosco”, que se desapareció, había un lugar muy divertido, de largas conversaciones nocturnas, en un segundo piso, en el centro de la ciudad, que se llamaba “El club de los hijos de Tarapacá”. Tarapacá es una provincia chilena, y no sé por qué se llamaba “El club de los hijos de Tarapacá”, pero ahí llegábamos los poetas, los escritores, los aspirantes a escritores, y también había conversaciones muy largas que terminaban al amanecer, y salíamos a la calle, a la Alameda de Santiago, y unas señoras del Ejército de Salvación, que estaban en la puerta, se nos acercaban para salvarnos el alma, y nos daban un panfleto que se llamaba “El grito de guerra”. Yo me acuerdo de salir en las madrugadas y recibir de estas señoras uniformadas “El grito de guerra”. Así que ese era el Santiago...

 

SERGIO SARMIENTO: ¿Lograron salvarle el alma, don Jorge?

 

JORGE EDWARDS: Bueno, creo que no lo consiguieron, ahí hicieron algún esfuerzo pero no fue posible. Pero yo creo, fíjese usted, yo creo que la poesía y la literatura son formas de salvación, de liberación, por lo menos a mí me ha ahorrado el psiquiatra, que ya es algo.

 

SERGIO SARMIENTO: Por lo menos se ha evitado hacer un gasto importante.

 

JORGE EDWARDS: Sí, sí.

 

SERGIO SARMIENTO: Cuéntenos del Santiago de los tiempos de Allende.

 

JORGE EDWARDS: Bueno, el Santiago de los tiempos de Allende, en el que no viví, porque yo fui diplomático, pero que, claro, lo conocí, fui de visita, qué sé yo, era una ciudad que al comienzo tenía un gran optimismo pero que se fue convulsionando y complicando mucho. Era una ciudad muy excitada y muy convulsionada. Había además...

 

SERGIO SARMIENTO: Muy enfrentada, ¿no?

 

JORGE EDWARDS: Muy enfrentada. Había unos desfiles de la ultraizquierda, del MIR, con fusiles y con palos, con máscaras y con cascos, en que se decían cosas terribles, porque eran realmente amenazantes, y yo creo que esa polarización extrema que tuvo la vida chilena, que tuvo la ciudad desde luego, explica lo que pasó después. Yo tengo la impresión siempre de que Salvador Allende, que ahora se cumple en estos días el centenario, que Salvador Allende estuvo desbordado por los acontecimientos, que se daba cuenta, yo creo que era muy lúcido, se daba cuenta de lo que podía pasar pero no podía evitarlo. Era otra ciudad. Y la ciudad de hoy es una ciudad llena de automóviles modernos, con grandes atascos de tráfico, terribles atascos de tráfico...

 

SERGIO SARMIENTO: Estas autopistas y le van a uno cobrando con un telepeaje.

 

JORGE EDWARDS: Sí, hay unas autopistas que son muy buenas, pero incluso en las autopistas hay atascos. Es una ciudad con muchos ejecutivos y financistas, y empresarios, y los poetas todavía existen, pero los lugares de los poetas están un poco arrinconados. Así que yo creo que esto de seguir la visión de un poeta tiene su interés y revela cosas que no se ven a simple vista.

 

SERGIO SARMIENTO: El poeta de “La casa de Dostoievsky” de alguna manera se nutre de esta vida con otros artistas, con otros poetas, con pintores, con la vida bohemia en general. Y esto es algo muy común, sobre todo en un escritor joven, que se nutra, y después el escritor tiende a encerrarse. ¿Le ha pasado a usted esto?

 

JORGE EDWARDS: Yo ahora hago menos vida literaria, y frecuento menos a los colegas, los frecuento, tengo muy buenos amigos entre mis colegas literarios, pero no los busco tanto como antes y no vivo en tertulias, en cafés y todo eso, porque no tengo mucho tiempo, y dedico mucho tiempo a leer, a veces hago clases, pero raras veces, y dedico mis mañanas a escribir y con eso tengo bastante. Mi ideal sería hacer una vida en que yo escribiera todas las mañanas y después no hiciera nada, que contemplara los pajaritos, escuchara música o lo que sea. Pero no se me ha dado. Mientras más viejo me pongo, más cosas tengo que hacer. Debe ser un error mío.

 

SERGIO SARMIENTO: Decía Borges que él se enorgullecía más de los libros que había leído que de los libros que había escrito. ¿Usted de qué libros se enorgullece?

 

JORGE EDWARDS: Bueno, yo creo que de algunos que he leído también.

 

SERGIO SARMIENTO: ¿Cuáles serían ésos?

 

JORGE EDWARDS: Mire, últimamente he estado leyendo los “Ensayos” de Montaigne, de Michel de Montaigne, y me parecen una maravilla, y he gozado leyéndolos, y me he propuesto hasta escribir un ensayo sobre los ensayos de Montaigne, y me han dicho que...

 

SERGIO SARMIENTO: Hay un sesgo liberal usted entonces, Michel de Montaigne puede ser el abuelo de todos los liberales.

 

JORGE EDWARDS: Sí, bueno, “a la vejez viruela”, dicen, y claro que hay un sesgo liberal hoy día. Pero me han dicho que Juan José Arreola tradujo y escribió un ensayo sobre Montaigne y mañana voy a ir a librerías de viejo a ver si lo encuentro por ahí.

 

SERGIO SARMIENTO: Yo no lo conozco pero me comprometo a que si encuentro este ensayo de Arreola sobre Montaigne se lo voy a hacer llegar.

 

JORGE EDWARDS: Bueno, estupendo.

 

SERGIO SARMIENTO: Y además de Montaigne, ¿de qué se otros libros se enorgullece, de qué otros autores se enorgullece?

 

JORGE EDWARDS: Mire, he cambiado de gustos muchas veces, pero, por ejemplo, Dostoievsky me sigue pareciendo un novelista muy apasionante, muy fascinante.

 

SERGIO SARMIENTO: ¿No es un poco deprimente estar en medio del crimen y el castigo?

 

JORGE EDWARDS: Es deprimente, pero es interesante, porque yo he descubierto en una relectura de “Crimen y castigo” una cosa muy curiosa, que el autor de “Crimen y castigo”, Raskolnikov, era ensayista, y le había ido mal como ensayista, había publicado algunas cosas en la prensa rusa de la época, le había ido mal y eso le produjo una frustración terrible que tiene alguna relación con el crimen que cometió. Así que eso me indica que ser escritor frustrado es bastante peligroso. Y yo por esto en parte, porque he sentido siempre que los escritores frustrados son seres más o menos amargos, no busco tanto el mundo de los escritores como antes. Tengo amigos, por ejemplo, que no tienen nada que ver con la literatura, y los cultivo bien, me gustan mucho.

 

SERGIO SARMIENTO: Pues tendré mucho cuidado de no acercarme mucho a usted si lo noto a usted un poco frustrado.

 

JORGE EDWARDS: Puedo sacar el hacha.

 

SERGIO SARMIENTO: Mientras tanto yo quiero agradecerle por haber conversado con nosotros en La Entrevista.

 

JORGE EDWARDS: Muchas gracias.

 

SERGIO SARMIENTO: Es Jorge Edwards, él es autor de “La casa de Dostoievsky”, novela ganadora del Premio Planeta 2008. Eso es todo por hoy, pero no se le olvide, nos vemos la próxima.

 

 

--- 0 ---

 

 

  Artículos y transcripciones  Transcripciones de programas de TV  Jorge Edwards...
 
Noticias:

 

 

Concurso de ensayo Caminos de la Libertad

 

Conoce la convocatoria del concurso de ensayo Caminos de la Libertad Aquí

 

 

 

Escucha las entrevistas de Sergio Sarmiento en la sección "Entrevistas" aquí

 

¿Quieres opinar?

Regístrate y haz oír tu opinión en el Foro