El mejor de los tiempos

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“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos.” Con esta frase da comienzo Historia de dos ciudades, la magistral novela de Charles Dickens que describe las aspiraciones positivas que dieron lugar a la Revolución Francesa pero también sus aspectos destructivos. No fue ese momento, sin embargo, el único en la historia en que hemos podido hablar simultáneamente del mejor y del peor de los tiempos. Hoy podríamos decir lo mismo.

Quienes ven el vaso medio vacío advierten que el mundo está enfrentando retos sin precedente. Algunos ambientalistas sostienen, por ejemplo, que el calentamiento global generará la mayor catástrofe en la historia. Economistas como Thomas Piketty y Paul Krugman afirman que la desigualdad en los países desarrollados producirá revoluciones.

Calentamiento y catastrofismo

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La Tierra se está calentando. Ésta es una afirmación científica. Quienes la niegan están cerrando los ojos a pruebas científicas irrefutables. Están en la misma categoría de quienes dicen que la Tierra es plana o niegan la evolución.

De esta realidad, sin embargo, ha surgido una especie de religión ambientalista que poco o nada tiene de científica. Es un rechazo dogmático y pesimista al progreso humano, una posición conservadora que puede sumir a la humanidad en una pobreza sin fin y que recuerda el equivocado catastrofismo de Thomas Malthus en el siglo XIX o del Club de Roma en la década de 1960.

Desde principios del siglo XX el aumento de la temperatura del planeta ha sido de 0.8 grados Celsius. Parece poco, pero es considerable. El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas ha señalado que la humanidad debe limitar el calentamiento a 2 grados arriba de lo que se registraba antes del inicio del proceso de industrialización. Hemos perdido ya la mitad de la batalla.

Revolución energética

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Un fantasma recorre el mundo: es el fantasma de la revolución energética. Las consecuencias bien pueden ser más importantes y duraderas que las que previeron Marx y Engels en el siglo XIX en el Manifiesto del Partido Comunista que publicaron en 1848.

Jean Paul Getty, el multimillonario estadounidense, decía a mediados del siglo XX que la fórmula para el éxito era muy sencilla: “levántate temprano, trabaja duro, encuentra petróleo.” El hecho de encontrar un yacimiento era el camino para volverse rico en un tiempo breve. Desde fines del XIX las mayores fortunas del mundo provenían de la industria petrolera. Los emires árabes del medio oriente se convirtieron desde los setenta en el ejemplo más característico de la riqueza inmerecida y del consumo irracional. Yates, aviones privados, grandes palacios y casas con plomería de oro eran algunos de los productos en que los jeques petroleros gastaban el dinero que se acumulaba sin límite en sus arcas.

UN PLANETA LLAMADO AGUA

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Muchos nos han dicho que en el futuro las guerras en el mundo se pelearán por el agua y no por el petróleo. No falta mucho para eso. Algunos conflictos internacionales y locales tienen ya raíces en el agua. El de Palestina es uno de ellos. Otro es el que hemos visto en Sonora donde agricultores del sur del estado, principalmente de la tribu yaqui, se oponen al transporte de agua hacia el norte a través del acueducto Independencia para dar de beber a la sedienta Hermosillo.

Nos dicen que el agua se está acabando. Desde un punto de vista estricto esto es falso. El agua, como la energía, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Puede congelarse, evaporarse, derretirse o condensarse, pero sigue siendo agua. La cantidad se ha mantenido constante en el planeta a lo largo de la historia. Ni en los tiempos más húmedos ni en los más secos hay más o menos. Simplemente se distribuye de forma distinta.